Hombre que camina, de Giacometti: el único movimiento es el regreso 1024 575 Suzuri

Hombre que camina, de Giacometti: el único movimiento es el regreso

¿Qué es lo que nos hace sentirnos como si estuviésemos delante a un espejo cuando nos situamos frente al Hombre que camina de Giacometti?

La rugosidad de su superficie, su tosquedad aparente, sus imperfecciones, los bultos, surcos, huellas, marcas y hendiduras… resuenan en nuestras entrañas revelándonos la vulnerabilidad del ser humano, poniendo de manifiesto nuestras propias imperfecciones, lo efímero de nuestras vidas, pero también toda nuestra potencialidad, nuestra terquedad infinita, la capacidad de reinventarnos, nuestra convicción,… A cada paso. 

¿De dónde surge su energía? ¿Conocemos sus intenciones? ¿Sabemos si va o si viene? ¿El camino recorrido? Sus pulsiones nos hacen cuestionarnos nuestro propio destino, quizá simplemente porque su desnudez no es sólo física.

En uno de los textos publicados por Sachiko Natsume-Dubé sobre Giacometti y su modelo japonés, Isaku Yanaihara, el artista compara su trabajo con el de una mosca. Por su parte, Yanaihara dice que él “posa como una piedra”. 

Entendemos que el trabajo de posar rememore al modelo y, profesor de filosofía, el silencio y la quietud extrema de una piedra. Y podemos alcanzar a entender también el significado de trabajar como una bestia. Pero, como pone de manifiesto para sus lectores el propio Natsume-Dubé, “esa respuesta no explica el trabajo de la mosca”. ¿Qué significa trabajar como una mosca? Las moscas, comparadas con las bestias son animales insignificantes pero a diferencia de cualquiera de ellas, como puntualiza Natsume-Dubé, “una mosca no descansa nunca”. Como el Hombre que camina

A pesar de tener los pies literalmente pegados a su pedestal, el Hombre que camina de Giacometti, ni se para, ni descansa. Por eso, probablemente lo que vemos bajo sus enormes y pesados pies no sea un pedestal, tampoco necesariamente el ataúd con el que lo compara Franck Maubert. Quizá sólo sea… el camino. Sus pies parecen anclados, pero no al suelo, al camino. Es verdad que las estatuas no se mueven, pero el Hombre que camina, si. 

Entonces es un hombre, un hombre literalmente pegado a su destino: caminar. Y quizá por eso su movimiento, como el Tao, radica en la tensión. Porque, definitivamente, el hombre que camina es, el hombre. 

Desde hace un tiempo (qué curiosa expresión), parecemos especialmente proclives a favorecer la cultura del diálogo, en el ámbito de lo social, en el de la política por supuesto, pero también en el mundo del arte, creyendo que el intercambio de palabras favorece el entendimiento. De hecho cada vez con mayor empeño se conciben exposiciones con este propósito: dialogar. El artista con su obra, la obra con su público, incluso las obras de dos artistas entre si… Pero a veces, hay conversaciones que resultan imposibles. Y es que la potencialidad de la comprensión no está en las palabras, más bien yo diría que se encuentra en el silencio. 

Decía Chuang-tzu: «El propósito de las palabras es transmitir ideas. Cuando las ideas se han comprendido las palabras se olvidan. ¿Dónde puedo encontrar un hombre que haya olvidado las palabras? Con ese me gustaría hablar».

¿Alguien preguntó al Hombre que camina de Giacometti si quería hablar con El Hombre que camina de Rodin? Quizá hubiera haber permanecido como hasta ahora, hablando en silencio. O quizá habría preferido hablar con El Pensador, tan callado él. O, por qué no, con una mosca.

Giacometti dibuja de forma minuciosa, escrupulosamente, hasta transformar una simple línea en volumen. Con meticulosidad y desesperación. Dibuja como él dice (aunque yo nunca le he creído), sin saber. Yo pienso que sus palabras son fruto de su humildad. Creo que dibuja para reconstruirse a si mismo, para tensar con una punta de grafito su espíritu inquieto. Y lo hace de forma frenética hasta que logra captar la voluntad de su modelo, su energía, el soplo vital que atraviesa la piedra. Y lo hace sin despojarla de su esencia, revelándonos solo su verdadera naturaleza. 

Me gustaría poder decir, parafraseando a los antiguos pintores chinos, que antes de tener modelada su escultura, antes incluso de comenzar a acariciar el barro o el yeso con las puntas de sus dedos, su escultura ya está lograda. Pero no me atrevo a hacerlo. 

Como en el Tao, en el Hombre que camina de Giacometti, quizá “el único movimiento es el regreso, la única nota útil, la debilidad”. El único diálogo posible, el silencio.

Guillermo de Vicente

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