¿Por qué sufrimos?

Al hablar de «sufrimiento» nos referimos por supuesto al estado en que nos sumerje el dolor de carácter físico o mental, pero también a esas situaciones, a veces difíciles de concretar, en las que nos sentimos insatisfechos.

A ese malestar que se nos hace evidente en situaciones de intranquilidad, cuando nos enfadamos, nos encontramos alterados sin saber por qué, cuando estamos aturdidos o nos agobia un estado que se manifiesta a nivel consciente de manera inesperada y del que creemos poder liberarnos momentaneamente si suspiramos profundamente.

Parece que sufrir es algo consustancial al ser humano. De una u otra manera, con una intensidad mayor o menor todos hemos sufrido y, nos resignamos a tener que seguir sufriendo a lo largo de nuestra vida.

¿Tiene que ser necesariamente así, o podemos evitarlo?

Desde antes de que William Shakespeare escribiera en Hamlet, «Ser o no ser, esa es la cuestión» el sentido de esa lapidaria frase parece habernos condenado a sumirnos en un estado de indecisión del que solo nos libraremos cuando dejemos de existir.

Hay una sentencia, habitualmente atribuida a Buda, aunque hay quienes se la adjudican a Haruki Murakami o incluso a Albert Einstein… (es lo que tienen las redes sociales ;-), que independientemente de su legítimo autor, con el paso del tiempo se ha convertido en una frase para la reflexión: «el dolor es inevitable, el sufrimiento es opcional».

Sin embargo, cuando escuchamos el monólogo de Hamlet parece que el sufrimiento se convierte en un peregrinar existencial del que no podemos liberarnos. Es como estar en una celda de la que nos sentimos incapaces de salir, a pesar de tener la llave en la puerta y… por dentro.

En esos casos, el sufrimiento se perpetúa y acabamos asumiendolo hasta el punto de dejarle campar a sus anchas por nuestra vida.

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