El cerezo en flor

«El pincel adelanta al viajero en el largo camino de regreso,
mientras el frío ciñe los viveros, la tinta se derrama más fluida». 
 
Este bello poema de autor desconocido que María Lecea y Pierre Ryckmans traducen y comentan en la edición española del Discurso acerca de la pintura por el monje Calabaza Amarga, nos revela la manera en la que los antiguos poetas chinos saboreaban cada una de las estaciones del año. En este caso, obviamente, se trata del invierno.

De los cuatro motivos pictóricos tradicionales a través de los cuales vamos descubriendo y consolidando la técnica del sumi-e, ume (el cerezo en flor) se asocia a esa estación.

La floración del cerezo es una de las imágenes más representativas y reconocidas de la iconografía japonesa.

Este árbol, antes de que termine el invierno, ofrece nuevas muestras de su renovada vitalidad independientemente de su edad. Y eso en una sociedad en la que la veneración por sus mayores continúa siendo aún hoy, uno de sus valores tradicionales más consolidados, resulta significativo.

Sus gruesas y viejas ramas, retorcidas e irregulares, de las que cada año vuelven a surgir brotes, representan su capacidad de resistencia, perseverancia y renovación permanente.

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